Catulo
Óyeme, Catulo. Funesto el ocio te será, amigo, porque seguiste un beso con tu vida pero tus 36,5 grados no pudieron entibiar ese inmenso glaciar que asomaba detrás. Te encontraste de frente con el blanco peñasco, lo amaste mientras caías y cada vez que elevabas tu cabeza veías que único lugar que ansiaste, el de ese beso, fue una jaula de cuatro paredes que te dedicaba canciones y después de 20 años como siglos aún sigues recordando. Tu ocio nunca más fue tuyo, amigo. Desde ahí fue suyo y tu garganta bien lo sabe mientras se reía amable algo explotaba acá dentro. Tu dolor rió, sentada en la cuneta del frente como si aún hubiese amor, y, lanzándote una mirada sin pupilas, te miró a la cara mientras acercaba a su cuerpo otra figura borrosa. La reina de copas lo consiguió y tú, dos de bastos, te quedaste con el nudo y el ahogo como invitado de honor en tu propio funeral. Debiste haber aprendido para haber recuperado tu tiempo. Ese beso nunca fue tuyo, Catulo.