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Catulo

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Óyeme, Catulo. Funesto el ocio te será, amigo, porque seguiste un beso con tu vida pero tus 36,5 grados no pudieron entibiar ese inmenso glaciar que asomaba detrás. Te encontraste de frente con el blanco peñasco, lo amaste mientras caías y cada vez que elevabas tu cabeza veías que único lugar que ansiaste, el de ese beso, fue una jaula de cuatro paredes que te dedicaba canciones y después de 20 años como siglos aún sigues recordando. Tu ocio nunca más fue tuyo, amigo. Desde ahí fue suyo y tu garganta bien lo sabe mientras se reía amable algo explotaba acá dentro. Tu dolor rió, sentada en la cuneta del frente como si aún hubiese amor, y, lanzándote una mirada sin pupilas, te miró a la cara mientras acercaba a su cuerpo otra figura borrosa. La reina de copas lo consiguió y tú, dos de bastos, te quedaste con el nudo y el ahogo como invitado de honor en tu propio funeral. Debiste haber aprendido para haber recuperado tu tiempo. Ese beso nunca fue tuyo, Catulo.

Tiempo

Cuenteándonos, como García Márquez, sabemos el final desde el principio. Saboreamos la derrota antes de empezar. Condenados al tiempo. Predestinados a vivir esperando la antología descarriada, pulverizando certezas en la inmensidad de un tiempo que desconocemos. Sabemos que somos solo un chiste corto, una interjección imperceptible que cae a la conciencia de movimiento. Sabemos el final desde el principio. Tenemos el tiempo atrapado entre las manos, pero se esfuma como si fuera de otra dimensión. Está desfalleciente y nosotros resignados a no mesurarlo. A no lograr la resurrección. Así vivimos, existimos y nos quedamos sin poder tomar cada segundo y retorcerlo, sin alcanzar lo que no nos es posible. Mientras tanto, construimos tronos para mirar nuestra condena desde bien arriba, permaneciendo un ratito entre el cambio, entre transcurrires diferentes donde quizás alguna vez pudimos coincidir. Nos movemos apurados. Predestinados. Nos levantamos a las 5:30 para esperar barcos creyendo...